“LA BRUJULA”
LA IGLESIA Y EL SALARIO...
Heberto Peterson Legrand
Muchas personas ignoran que es lo que piensa la Iglesia católica respecto del trabajo y del salario...
Se pronuncia por un salario justo, un salario que no puede ser, sin más, el salario que determina el mercado en el libre juego de la oferta y la demanda afirma la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León X111. También dice que un salario es justo sólo si responde a las necesidades del trabajador: el salario justo nunca puede identificarse sin más con el salario del mercado. Sostiene que constituye un horrendo abuso, y debe ser eliminado con todo empeño, que las madres de familia, a causa de la cortedad del sueldo del padre, se vean en la necesidad de buscar un trabajo remunerado fuera del hogar, teniendo que abandonar sus peculiares deberes y, sobre todo, la educación de los hijos.La realidad hoy en día es que trabajan los dos e incluso otros miembros de la familia para poder vivir “decorosamente”. La encíclica Quadragesimo Anno 1931 publicada con motivo de los 40 años de la Rerum Novarum y que corresponde al Papa Pio X1 al respecto dice que: tiene que llegar para cubrir las necesidades de la familia que depende del trabajador; ha de tomar en cuenta, desde luego, las condiciones económicas de la empresa y de la sociedad nacional e internacional. Por otra parte sostiene que es completamente falso atribuir sólo al capital, o sólo al trabajo, lo que es resultado conjunto de la eficaz cooperación de ambos y es totalmente injusto que el capital o el trabajo, negando todo derecho a la otra parte, se apropie la totalidad del beneficio económico.
La encíclica Mater et Magistra ( 1961) del Papa Juan XX111, es la que elaboró de forma más completa los criterios que deben presidir la determinación de la retribución del trabajo.
Ya la encíclica Rerum Novarum (1891) habla de las condiciones físicas que no pongan en peligro la vida o la salud del trabajador en la empresa: salubridad, seguridad, horarios, descansos...
La doctrina Social de la Iglesia sostiene que se debe librar a los pobres obreros de la crueldad de los ambiciosos, que abusan de las personas sin moderación, como si fueran cosas para su medro personal. O sea, que ni la justicia ni la humanidad toleran la exigencia de un rendimiento tal, que el espíritu se embote por el exceso de trabajo y al mismo tiempo el cuerpo se rinda a la fatiga.
La doctrina sostiene que si el funcionamiento y las estructuras económicas de un sistema productivo ponen en peligro la dignidad humana del trabajador, o debilitan su sentido de responsabilidad , o le impiden la libre expresión de su iniciativa propia, este orden económico es injusto, aún en el caso de que, por hipótesis, la riqueza producida en él alcance un alto nivel y se distribuya según criterios de justicia y equidad. A los trabajadores hay que darles una participación activa en los asuntos de la empresa donde trabajan, tanto en las privadas como en las públicas, participación que, en todo caso, debe tender a que la empresa sea una auténtica comunidad humana.
La Gaudium et spes (1965) del Concilio Vaticano 11 dice que el trabajo humano que se ejerce en la producción y en el comercio o en los servicios es muy superior a los restantes elementos de la vida económica. Sabemos que, con la oblación de su trabajo a Dios, los hombres se asocian a la propia obra redentora de Jesucristo, quien dio al trabajo una dignidad sobreeminente laborando con sus propias manos en Nazaret.
Juan Pablo 11 en la encíclica Laborem exercens (1981) se pronuncia sobre el trabajo. Y también sostiene la prioridad del trabajo sobre el capital, un principio sistemáticamente negado en toda la etapa que nace con la industrialización y el capitalismo...
Desde luego hay mucho más pero aquí dejamos estos comentarios.
sábado, 24 de octubre de 2009
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